La isla de los secretos


A veces, la incorporación en un reparto de un actor o una actriz determinados eclipsa el contenido de la obra. Esto es lo que ocurre en parte en esta versión de La isla del Aire, que parte de la primera parte novelística de la trilogía El tiempo que nos une del escritor Alejandro Palomas (Barcelona, 1967). No hay duda de que la presencia de la actriz Núria Espert en una obra en el Teatre Romea —donde comenzó todavía adolescente y donde regresa en plena forma rayando los 88 años—, es de las que eclipsan la obra. Y la obra, a pesar de todo, está ahí. Ante unos majestuosos acantilados de roca.

En La isla del Aire hay cinco mujeres que llevan una mochila cargada del lastre de toda una vida, desde la más anciana, la abuela, hasta las dos hijas, las madres, y las dos nietas, las más jóvenes. Detrás de la obra, que toma el nombre del islote deshabitado que está al sureste de la isla de Menorca, perteneciente a Sant Lluís, están los recuerdos del pasado, el recuerdo trágico de la pérdida en el mar, después de salir a navegar, de la tercera nieta de la familia matriarcal. 

La historia no esconde muchas sorpresas argumentales. Sin embargo, sí muchas mentiras. Una de las nietas (Miranda Gas), que quiere ser escritora, ve cómo está perdiendo a su pareja. La otra nieta (Candela Serrat) acaba de romper con la suya. Una de las hijas (Teresa Vallicrosa) aguanta una etapa accidentada con muletas a punto de dejar al esposo y pensando en un amor argentino que perdió de joven. Y la otra hija (Vicky Peña) lleva el peso de un mal matrimonio, la carga de la pérdida de una de las hijas y la opresión que la abuela (Núria Espert) ha ejercido y todavía ejerce sobre todas ellas, a pesar de que a los 90 años se tiene que ayudar con silla de ruedas, con bastón, con abrigo de piel de visón para ir a la isla, y con pañales para volver a los esfínteres de la infancia, pero con la lengua bien afilada.

La isla del Aire tiene el gancho de poner sobre el escenario a un póquer de actrices, desde la más veterana a la más joven. El director Mario Gas ha optado por una puesta en escena que se mueve entre las tinieblas de la primera parte —el roquedal simboliza el ahogo de la opresión matriarcal—, y la luminosidad de la segunda parte, cuando se pisa el refugio de la isla menorquina. Y la música original de Orestes Gas acompaña el relato y tiene su máximo exponente con el canto del coro al cual se van añadiendo las cinco protagonistas en una especie de eco de tragedia griega. Al final, la diosa es Núria Espert, todo un faro que todavía ilumina la isla del teatro para muchas generaciones.